jueves, febrero 29, 2024
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Caminos de igualdad

El ideal igualitario se ha ido construyendo por sedimentación a través de batallas ganadas que no otorgadas. En la rebelión de los esclavos apuntaba el fin de la esclavitud; en el llamado de Jesús de Nazaret se alumbraba la dignidad de la persona humana; los condenados por sus ideas regaron la libertad de pensamiento, conciencia y religión; los perdedores del progreso social fecundaron la igualdad económica y la protección pública. Cuando un pueblo soñó con el fin de la segregación racial, se derribaron muros físicos y mentales, que parecían intocables; cuando la madre-Tierra supo que era un organismo vivo que sufre, siente, ama y espera nació el imperativo ecológico que nos hizo simples huéspedes; cuando las personas migrantes y refugiadas han soñado con el fin de las fronteras, supimos que no habrá futuro sin ellas. La lucha feminista avanza el fin del patriarcado y la igualdad de género. Los estertores del colonialismo están engendrando la igualdad entre los pueblos; y el colapso del capitalismo evidencia que las desigualdades materiales son heridas por donde sangra la humanidad.

La marcha hacia la igualdad es un proceso abierto e incompleto, éticamente necesario, políticamente incierto y culturalmente complejo; sostiene Thomas Piketti en Una breve historia de la igualdad (2021) que «todo o casi todo está por inventar». El Secretario General de Naciones Unidas, en la reciente Asamblea General (sep. 2022) dijo que «hoy nos encontramos ante la mayor avalancha de crisis de toda nuestra vida. La pandemia de COVID-19 ha acentuado desigualdades flagrantes. La crisis climática está azotando el planeta. La paz se ha visto frustrada desde Afganistán hasta Etiopía, pasando por el Yemen y Ucrania. La oleada de desconfianza e información errónea polariza a los pueblos y paraliza a las sociedades. Están en juego los derechos humanos».

Las cuatro crisis han visibilizado los deseos de igualdad y los traumas de la desigualdad tanto en la esfera pública como en los mundos de vida. La crisis fiscal del 2008 mostró el impulso igualitario al tiempo que dividía la humanidad entre ganadores económicos y perdedores; la COVID-19 ha desvelado la universalidad del deseo de salud, a la vez que mostraba los sistemas sanitarios que favorecen la vida o la muerte. El cambio climático ha desvelado la tierra como organismo vivo, al tiempo que muestra su abandono y agresión; la guerra de Ucrania ha traído el grito de paz, mientras muestra la mayor desigualdad entre vencedores y derrotados.

La igualdad no es el fin del camino,
sino el camino mismo

Y como «la igualdad no es el fin del camino, sino el camino mismo», el impulso igualitarista sigue abriéndose caminos en las distintas esferas de la vida personal y social: en el escenario de proximidad proliferan las formas del apoyo mutuo y cuidado; en el dominio de los mercados emergen alternativas productivas y distributivas; en la esfera política se despliega a través de bienes comunes de justicia y sistemas de protección; en el ámbito cultural y religioso se conforma en valores universales igualitarios y en la formación de ideales comunes.

Apoyo mutuo e igualdad

 La igualdad arraiga en la condición biológica del ser humano y en hábitos del corazón. El apoyo, el amparo y el refugio constituyen hoy una herida infinita, en palabras de Josep Esquirol en Humano, más humano…(2021). En el ejercicio del cuidado hay una doble llama: el hambre de proximidad, contacto y singularidad, y el deseo de seguridad, permanencia y estabilidad ante la vulnerabilidad, orfandad, enfermedad, ignorancia e indiferencia. El carácter personal del auxilio y las estructuras colectivas de protección son dinámicas igualitarias que se necesitan y enriquecen mutuamente. Si se desconoce la personalización del auxilio, fracasará el ingreso mínimo vital; si se ignora su institucionalización se convertirá en un aderezo de las desigualdades sociales o en simple aroma de un mundo sin corazón.

En la COVID-19, el apoyo mutuo ha sido el mayor satisfactor de la igualdad, que se acreditó en iniciativas colaborativas de vecinos, sanitarios, trasportistas, empleados de limpieza, reponedores del supermercado; y en los servicios públicos, hospitales, vigilancia colectiva, vacunación y servicios de protección garantizados por ley. Las prácticas de autoayuda entre vecinos y las redes de apoyo a la población vulnerable se imbrican con las estructuras sanitarias, los sistemas de protección y el derecho universal de socorro.Caminos de igualdad

En esta esfera, tiene particular importancia la socialización entre iguales. Los niños/as son los primeros agentes activos de la igualdad en contextos de proximidad. Basta acercarse a un patio de una escuela de primaria para ver cómo pieles y colores, altos y bajos, rubios y morenos conviven sin advertir siquiera su desigualdad, que vendrán después cuando sus padres regalen muñecas a las niñas y tractores a los niños, o se creen colegios de élites para reproducir la clase social y evitar sus vínculos afectivos. De ahí que sea un signo de salud igualitaria que la educación pública, universal, gratuita e inclusiva cuente hoy con el 80 por cien de colegios públicos. Y retroceda la meritocracia que destruye la igualdad de oportunidades como muestra Michel Sander en La tiranía del mérito (2020).

Asimismo, en la vida cotidiana arraiga la igualdad de género. Un varón cambiando pañales, y una mujer al mando de las finanzas vaticanas muestran hasta qué punto son reversibles las desigualdades que parecían inamovibles. En la práctica del cuidado, todos somos igualmente donantes y receptores: la persona sana cuida del enfermo mientras está enfermo, el padre cuida del hijo mientras es padre, el niño cuida del abuelo mientras es viejo. De este modo, en el ejercicio del auxilio se articulan la igualdad y la diferencia. La actual cultura del cuidado tiene una capacidad de trasformación personal inmensa. Sentirse ayudado, pero también tener la oportunidad de ayudar a nuestros iguales, no solo nos hace llevar vidas más plenas: nos ayuda  a descubrir qué entendemos realmente por una vida buena como reconoce César Rebueles en Contra la igualdad de oportunidades (2020).

 Mercados igualitarios

Sostiene George Simmel, en su Filosofía del dinero (1900), que el intercambio a través del mercado representa el mayor “progreso humano de la civilización”. Al regular las relaciones humanas a través del intercambio simbólico objetivo, nos libramos de la dominación subjetiva de los señores, ya que, una vez recibe el tributo pactado, se queda libre para decidir qué hacer con su propia persona que ya no pertenece al amo. El nacimiento del mercado amplió el espacio de la decisión individual y sustituyó la sumisión al señor feudal.

Sin embargo, se cobró un alto precio al relacionarnos como valores mercantiles y titulares de intereses. Al independizarse de lo social, impone su propia racionalidad instrumental y reduce la sociedad a mercado que coloniza todas las relaciones personales y sociales. Cuando ante un desahucio se oye el grito de «¡Pero no ven que es una persona mayor enferma, o una familia en paro con niños!», se representa la protesta esperanzada ante los límites de los mercados.En las crisis actuales hiere y ofende que se hayan agrandado las desigualdades entre los pueblos

En las crisis actuales hiere y ofende que se hayan agrandado las desigualdades entre los pueblos: sesenta personas acumulan más riqueza que 3.500 millones de personas en el mundo, y veinte personas tienen más que el 30% de la población más pobre –unos 15 millones de personas– en España.  Hieren y ofenden las desigualdades sanitarias que han llevado a la muerte prematura a multitud de personas por falta de recursos de los centros sanitarios. Hiere y ofende que pueda comprarse con dinero la salud, la educación, el agua, la tierra, la sexualidad, la intimidad. Un indicador del actual impulso igualitario es la indignación ante una realidad que hiere por su tamaño sangrante y ofende porque puede evitarse. Un amor apático no es amor en absoluto, como se muestra en los enojos de Jesús contra el sistema religioso y político de su tiempo: «se enojó con ellos y se dolió de su ceguera».

Son sismógrafos de esperanza los movimientos sociales contra la pobreza y el hambre, contra la corrupción y los desahucios, contra el desempleo y la precarización del trabajo, contra la privatización de lo público y la destrucción de la tierra, contra el odio al inmigrante y a las minorías étnicas, tan desiguales.  Abren caminos de esperanza la proliferación de códigos éticos en las empresas privadas y en los hospitales públicos, los presupuestos participativos y alternativas autogestionarias que reducen la arbitrariedad del poder y colaboran en el mejoramiento de las condiciones de vida.

El llamado de la justicia distributiva se abre camino hoy en la imbricación de la distribución económica, la re-distribución política y la pre-distribución social. Sin producción de riqueza y creación de mejores empleos, para más personas y en más lugares no lograríamos la igualdad, sino la miseria generalizada. Se requieren igualmente la redistribución a través de políticas públicas, sistemas fiscales y servicios básicos garantizados por los Estados. Y requiere la imbricación de la sociedad civil y a cada uno de sus ciudadanos en su vida personal e iniciativas solidarias. Sin producción y distribución no hay sociedad, sin redistribución no hay sociedad política decente; sin predistribución no hay sociedad humana.

Bienes comunes y políticas redistributivas

En la vida no sólo nos auxiliamos, sino que nos lastimamos e ignoramos, por lo que necesitamos estructuras de servicios, derechos exigibles y protección pública. La igualdad política se despliega en bienes comunes, garantizados por la vía del derecho y sustraídos al uso mercantil y lucrativo, como la salud, la educación, la seguridad pública, la justicia penal, la protección ambiental, “techo, trabajo y tierra”. Esta esfera de lo común marca la línea de la dignidad y altura de la esperanza ya que, sin seguridad alimentaria, protección y derechos sociales no hay vida humana, ni tan siquiera una sociedad viable. Los Estados modernos se legitiman si producen y garantizan estos bienes de justicia: protección cuando son viejos, salud cuando están enfermos, defensa cuando son agredidos, inclusión cuando se sienten marginados. La retirada de las responsabilidades públicas y el adelgazamiento del Estado no señalan ningún futuro para una sociedad igualitaria. Como tampoco es un buen indicador la reconversión del Estado de Bienestar, en un Estado asistencial y benéfico. El deterioro del Estado social, la mercantilización de lo público y el aumento de la pobreza son atentados a la responsabilidad política que, según Francisco, en Fratelli tutti, es «la más alta expresión de la caridad».

La igualdad política se despliega en bienes comunes, garantizados por la
vía del derecho

Son sismógrafos de esperanza la conquista de derechos laborales frente a los desmanes de la propiedad y la riqueza; los derechos habitacionales frente a la privatización; los derechos de la salud frente a la mercantilización. Los estallidos sociales y las conquistas sindicales a favor de la dignidad del trabajo, los movimientos de los sin tierra, las manifestaciones airadas de los pensionistas, las reivindicaciones a favor de una enseñanza y sanidad públicas o las protestas contra los recortes en los gastos sociales marcan la altura de una sociedad justa e igualitaria.

Son signos de esperanza que la institución de la ciudadanía nos reconozca como sujeto de derechos y sujeto a deberes, y sea inclusiva, integral, cooperativa y universal como he mostrado en Reinventar la solidaridad, Ciudadanía, vecindad y fraternidad (2006). Las experiencias de mayor calado son las que articulan los derechos con los vínculos sociales y con los lazos afectivos, articulan los derechos individuales con los derechos sociales, económicos, culturales, religiosos y ecológicos, cuando la voz de Antígona, que reclama libertad ante el poder, se armoniza con la voz de los descartados sociales, de modo que la historia de la libertad se hermana con la historia de la justicia. Amanece la esperanza en la emergencia de la ciudadanía mundial por la cual, como formula Amartya Sen, en Ideade justicia (2010): «cualquier persona en cualquier parte del mundo, con independencia de su ciudadanía, residencia, raza, clase, o comunidad, tiene ciertos derechos básicos que todos deben respetar y garantizar». La experiencia común de las cuatro crisis actuales desvela el destino común de la humanidad, que viaja en la misma barca, con fronteras porosas e imbricadas. Junto a la voz de Antígona y del perdedor se oye la pregunta a Caín: «¿Dónde está tu hermano?» Y emergen los derechos a la paz, al desarrollo, al medio ambiente, al patrimonio común de la humanidad, a la asistencia humanitaria.

 Religiones e ideales igualitarios

RELIGIONES E IDEALES IGUALITARIOS La igualdad no solo tiene condiciones jurídicas, como pensó la tradición liberal, ni solo condiciones materiales, como defendió la tradición socialista, sino también condiciones utópicas, imaginativas y simbólicas sobre la vida buena y feliz por las que vale la pena vivir y luchar. Los portadores de sueños, canta la poeta nicaragüense, «proliferaron en el mundo. Los llamaron ilusos, románticos, pensadores de utopías/ Nosotros sólo sabemos que los hemos visto/ sabemos que la vida los engendró/para protegerse de la muerte». Hans Joas, en El poder de lo sagrado (2017), ha mostrado la íntima conexión entre la religión y la formación de ideales, que ofrece motivaciones, horizonte de expectativas y frenos de emergencia.

En el reciente encuentro entre líderes y creyentes de varias religiones con humanistas laicos (23-24 de octubre de 2022) bajo el título El grito de la paz: religiones y culturas en diálogo se ha constatado que los ideales son multilaterales, ya que compete tanto a los Estados, a las instituciones internacionales, a las sociedades locales como a las religiones, que, en la expresión de Andrea Ricaradi, «son organismos vivos, que recogen los anhelos de comunidades arraigadas en las tierra, que están cerca del dolor, de la alegría y del sudor de las personas». De las religiones se esperan sueños universales sobre la única familia humana, el destino común y un futuro para todos. «Los que están saciados no saben soñar; los que tienen miedo temen los sueños y las visiones; saciedad y miedo llevan a multiplicar las defensas, a proteger los espacios, a fortalecer las identidades, a atacar arbitrariamente, a abrir guerras sin fin». Son sueños que se acreditan en «la acción creadora situada» que el arzobispo de Bolonia vio en la creación de redes locales e internacionales a favor de solidaridad y de paz.

Se constató igualmente que los ideales son siempre realidades imperfectas. «Tenemos que vivir siempre en la frontera de la paz, porque la paz es impura». Se puede imaginar una paz o una igualdad perfectamente justas, pero sabiendo que en la historia humana nunca habrá ni paz duradera ni igualdad perfecta. Corresponde a las religiones no solo soñar la paz, la justicia y la igualdad perfectas, sino afrontar, reducir y erradicar las guerras evitables, las injusticias manifiestas y las desigualdades concretas. Conjugar idealidad y realismo impedirá que en nombre de la paz se legitime el poder del más fuerte.

De las religiones se esperan sueños universales sobre la única familia humana, el destino común y un
futuro para todos

Por lo mismo que la idealidad sin realismo puede destruir la paz, la neutralidad puede ignorar la defensa de los últimos, la justicia y la paz. En el contexto de las recientes elecciones a la presidencia del Brasil, obispos brasileños han afirmado: «Estamos ente un dramático desafío que nos obliga a escoger de manera consciente y serena, ya que no cabe neutralidad entre dos proyectos, uno democrático y otro autoritario, uno comprometido con la defensa de la vida a partir de los empobrecidos. Y otro comprometido con la economía que mata; uno que cuida la educación, salud, trabajo, alimentación, cultura, y otro que menosprecia las políticas públicas porque desprecia a los pobres».

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